Abraham, fue Parachico solo en su muerte

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Por Carlos Rafael Coutiño Camacho.- Abraham, el Parachico que nunca fue, se consolidó como un personaje hasta después de su muerte, dentro de la población de Chiapa de Corzo, relata el cronista Eduardo Vargas Domínguez, quien mantiene un historial importante resguardado.
El cronista y médico de profesión, explica que Abraham con más de sesenta años en la espalda era un tipo ágil, de mediana estatura, de carnes enjutas curtidas por el trago, el sol y el tiempo. Habitualmente llevaba un pañuelo doblado en triángulo cubriéndole la nuca y los oídos, asegurando las puntas en la frente con un nudo ciego. Usaba sombrero de alas cortas, colocado medio de lado; era un sombrero que el uso, el sol y el sudor le dio un tinte indefinido. Completaba su vestimenta camisa de tela, pantalón de dril (panza de burro) y un par de guaraches.
De voz grave y dicción enredada, costaba trabajo entenderle de primera intención lo que decía. Al platicar miraba hacia todas partes, escupía con frecuencia, se llevaba una de las manos a los ojos, después se tocaba el ala del sombrero, y terminaba por dejar los dedos apoyados en la punta de la nariz, tratando de esconder la cara.      No tenía oficio reconocido, alguna vez fue labrador, después cargador y terminó aceptando “lo que cayera”. Su filosofía era muy práctica y sencilla: Que hayga pa fiesta y todo lo demás no me importa. Parecido a lo que siempre decía Carolino, otro célebre Chiapacorceño: “Que hayga pa trago aunque no hayga pa comida”
Abraham, por sí solo, fue un personaje de leyenda. Todos los años soñaba con la proximidad de la fiesta de enero. Su máxima ilusión era tener un traje, vestirse y salir de Parachico; por eso, desde el 23 de enero comenzaba hacer cuenta regresiva de los meses que faltaban para la llegada del próximo enero.
Cuando ésta llegaba, comenzaba a contar los días faltantes, también en cuenta regresiva: “Ya solo falta ocho días -decía con alegría y mucho entusiasmo-, mientras pegaba de brincos y gritos de Parachico, rompiendo el aire con un chinchín imaginario. Ese pecado, al final, tenía su penitencia, tal parecía que los santos de Esquipulas, San Antonio Abad y San Sebastián, castigaban la ansiedad de Abraham, pues al llegar los esperados días por él, no encontraba quien le prestara o alquilara un traje de Parachico.
Y todo esto se debía a que en un fiestero 15 de enero, con media navaja adentro, vestido de Parachico-arrecho, trastabilló, cayo bocabajo e hizo pedazos la máscara. Hubieron amigos que quisieron remediar la situación, Manuel Cameras le prometió hacerle una máscara de cemento armado, pero nunca le cumplió; ni Abraham aceptó porque siendo ya viejo era difícil aguantar el calor y el peso del artefacto.
De este modo, año tras año, se quedaba con las ganas de vestirse, bailar y reverenciar a los santos patronos. Pero Abraham no se rajaba, insistía, soñaba en encontrar alguien que le proporcionara los arreos para salir de Parachico. Y así pasaba el tiempo.
Un sorpresivo día Abraham falleció, el pueblo le cumplió sus deseos de vestirse de Parachico. La tarde de su entierro un puñado de hombres se vistió de Parachico para acompañarlo al panteón. Sobre la caja le pusieron el traje, la máscara, la montera y el chinchín. Así fue enterrado.

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