El mundo es hoy una larga sucesión de batallas

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El mundo es hoy una larga sucesión de batallas. La más cruenta y definitoria es la que libra el capital contra la naturaleza (casi siempre con ayuda del Estado) porque ahí se juega el destino de la propia humanidad y el equilibrio global del planeta. Las guerras contra el mundo natural tienen innumerables dimensiones, intensidades y duraciones, e igualmente numerosos defensores que las resisten. Y como siempre sucede, toda guerra tiene sus frentes de batalla, ahí donde la existencia misma de quienes defienden el ambiente, la naturaleza, la Tierra, los territorios y la vida queda irremediablemente expuesta. Miles de activistas y dirigentes enfrentan cotidianamente amenazas e intimidaciones por manifestarse contra los impactos devastadores de proyectos de todo tipo casi siempre encabezados por iniciativas estatales, corporaciones industriales y empresas multinacionales. Debemos a la organización internacional Global Witness la tarea de registrar, documentar y denunciar las agresiones que sufren los activistas del ambientalismo a escala mundial (ver). Sus reportes anuales registran para cada país el número de ambientalistas agredidos y asesinados. El asesinato es sólo una de las tácticas utilizadas para silenciar a las personas defensoras de la naturaleza y el ambiente, también se incluyen amenazas de muerte, arrestos, agresiones sexuales, criminalizaciones y ataques legales agresivos. La tendencia de sus estadísticas es, desgraciadamente, al alza. Su último informe revela que casi cuatro ambientalistas fueron asesinados cada semana durante 2016 por proteger sus tierras y el entorno natural contra industrias como la minería, o la tala de bosques y selvas o la agroindustria. El año pasado superó al anterior, como el más violento de todos los registrados, al pasar de 185 asesinatos en 16 países a 200 en 24 países. De ese total, 60 por ciento ocurrieron en Latinoamérica, 40 por ciento procedieron de pueblos indígenas, y existe evidencia sólida de que la policía y el Ejército estuvieron detrás de, al menos, 43 homicidios, y que agentes privados como guardias de seguridad y sicarios estuvieron vinculados a 52 muertes. Los países con más ambientalistas asesinados en 2016 fueron Brasil, Colombia, Filipinas, Honduras y Nicaragua. Aunque en México existen ya casi 500 frentes de batallas socioambientales, ubicables en el territorio (véase mi libro Ecocidio en México, Grijalbo, 2015), como resultado de la implantación de proyectos mineros, petroleros, hidroeléctricos, eólicos, turísticos, carreteros, biotecnológicos, agroindustriales, etcétera, carecíamos hasta recientemente de un análisis detallado de las agresiones sufridas por quienes mantienen las resistencias a esos proyectos. Sólo existían importantes recuentos parciales como los realizados por el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda). Esta carencia ha quedado superada por el estudio recientemente terminado de la investigadora Lucía Velázquez, de la Universidad Nacional Autónoma de México, dedicado a documentar y cartografiar con sumo detalle las agresiones sufridas por los defensores del ambiente y de la naturaleza en México

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