Lesbos, luz en la oscuridad de la crisis migratoria

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Agencias

Las instalaciones deportivas de Elliniko, a unos kilómetros de Atenas, ocupan viejos edificios aeroportuarios y parte de las sedes abandonadas que fueron construidas para los Juegos Olímpicos de 2004. Esos lugares alguna vez acogieron encuentros deportivos y ahora son lugar de residencia provisional de unos 3 mil migrantes procedentes de Afganistán y SiriaFoto Muzungu Producciones
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Los niños son uno de los sectores de la población más afectados por las crisis. Huyendo con sus familias de la brutal guerra en Siria, menores hacen fila para recibir comida en un campamento en la frontera entre Grecia y MacedoniaFoto Afp
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Ahmad Belal Wazere es un refugiado y capitán del equipo de futbol de varones, además de entrenar al de chicas. Tiene 12 años y habla cuatro idiomas. Estudiaba griego, pero huyó con su familia e intentó cruzar la frontera. Fueron cuatro días caminando por la montaña, al final los detuvo la policía. Ahmad y su familia fueron expulsados de Macedonia a Grecia y ahora están en Elliniko, en los suburbios de AtenasFoto Muzungu Producciones
Laura Restrepo
Especial para La Jornada y Página 12, de Argentina
Periódico La Jornada
Lunes 8 de enero de 2018, p. 2
El futbol, puente tendido entre los habitantes locales de la isla griega de Lesbos, y los nuevos inquilinos, que llegan buscando asilo desde distintos puntos del Cercano Oriente.
Lesbos, el escenario del drama, asoma en un trecho intensamente azul del Egeo, a tiro de piedra de las costas de Turquía. La isla es conocida por sus tres prodigios. Uno poético: hace dos milenios y medio, aquí nació la mítica Safo. Otro natural: el bosque petrificado por ceniza volcánica. Y un tercero, antinatural: la montaña naranja, inmenso cementerio de chalecos salvavidas y barcazas que han naufragado, o traído hasta la orilla miles de desplazados del Cercano Oriente.
En estas aguas se han ahogado tantos, que se han ganado el nombre de mar de la muerte. Hoy los viejos pescadores temen echar sus redes, que en vez de peces pueden arrastrar cuerpos.
Melinda
Melinda vive en Molyvos y es la dueña de The Captain’s Table, una bonita terraza con vista al mar donde sirven, entre otros platos típicos, pulpo fresco a la brasa. Hace unos meses la despertó hacia las cuatro de la madrugada un vecino con golpes en la ventana, para avisarle que había mucha gente abajo, en la playa, empapada y temblando de miedo y de frío. Pese a que vienen desde la costa turca, apenas a nueve kilómetros de distancia, el recorrido se vuelve infernal e interminable si lo haces, como esta gente, en medio de la ciega oscuridad de la noche y en un bote de caucho apto para 15 o 20, y donde los smugglers (contrabandistas de vidas humanas) han apiñado a más de 80.
Varios han llegado ya muertos. Melinda corre a socorrer a los sobrevivientes. No es la primera vez; desde hace meses ha adecuado la parte trasera de su restaurante para prestarles un techo y darles algo de comer a los ateridos y aterrados viajeros, que al principio llegaban por docenas, luego por centenas. La situación se fue poniendo tan crítica, que entre el verano de 2014 y el de 2015 llegaron un millón de desplazados a esta isla de 100 mil habitantes. La desproporción es insostenible, y la ultraderechista y xenófoba Orden Hermética de la Aurora Dorada aprovecha el malestar creciente entre los locales para envenenar aún más el ambiente.
Esta noche, como todas, Melinda está preparada para la eventualidad de un new arrival (nuevo desembarco) y ya sabe cómo proceder. Sin embargo, sucede algo hasta entonces inédito: desde el pueblo baja un grupo de gente local que se lanza sobre los recién llegados con palos y piedras: que se devuelvan por donde vinieron, les gritan. Los insultan, los golpean, quieren echarlos de allí, hartos de esa invasión indeseable que ha deteriorado la imagen de la isla, ahuyentando al turismo.
¿A quién echarle la culpa de la crisis? Al eterno chivo expiatorio, el más inerme y desposeído: el migrante.
La población local se ha dividido. De un lado están los intolerantes, y del otro las personas como Melinda, que se dedican a ayudar. Los pescadores que acuden en sus barquitos a tratar de rescatar a quienes están a punto de hundirse. O el grupo autollamado Electra’s Secret, que fabrica coquetos jabones orgánicos para entregarles a los recién llegados en una bandeja con toalla, peine, cepillo de dientes, dentífrico y otros objetos indispensables de higiene. Es una pequeña bienvenida –explica uno de sus integrantes–, se sienten un poco mejor cuando pueden bañarse y vestir ropa seca. Otro grupo, el de las Dirty Girls of Lesbos, recoge las prendas que quedan esparcidas por la orilla tras cada desembarco, las lavan, las planchan y las entregan en el campo local de refugiados, en un acto simbólico que busca decirles, no todo está perdido, aquí les devolvemos esto, es muy poco, pero viene con nuestro cuidado y cariño.

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