Quién es Quién/De opresores nos libre el tiempo/Noé Farrera Morales

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Desde siempre, los gobiernos (sin importar ideología o filiación) le han apostado a la Ley del Garrote para disuadir protestas o acallar voces. La ira descomunal del Estado sigue cayendo como espada de Damocles sobre quienes se atreven a elevar la voz y exigir justicia o igualdad. Los ejemplos son vastos. Los resultados, los mismos: la opresión sistémica que pasa por sobre los derechos de quien se ponga enfrente.
Lo que pasó en España en estos días, por ejemplo, no sorprende en nada. Muchos acostumbran a mirar al pasado y resucitan a esos monstruos que hicieron tanto daño. Mariano Rajoy acaba de hacerlo al revivir, con su estólida actuación, al franquismo rancio en pleno siglo XXI.
Así, los gobiernos, cargados de ignominia, regresan a acuñar y dar vigencia a la frase “Big Stick” que usara Theodore Roosevelt en 1901 tras la expulsión de un consejero, frase que, afirman algunos, proviene de un proverbio africano que a la letra dice: speak softly and carry a big stick, you will go far (habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos).
Sin embargo, basta con dar una mirada al panorama mundial para entender que esta forma de actuar parece una máxima que duerme entre los brazos de los todopoderosos, de esos que llegaron a través del voto popular, de los que pidieron el respaldo de la gente y ya sentados en el poder, con el control de todo entre sus manos, nos usan como carne de cañón. Es más, la misma Alemania ahora ha revivido (pese al nazismo y la negra historia que les legara) la representación en el Congreso de la ultraderecha y se teme que las represiones retornen en cualquier momento (dicho está).
Ahora bien, sin ir más lejos, México mismo ha padecido, desde siempre, la cólera de sus gobiernos. La desbordada rabia de los que obedecen órdenes aunque estas impliquen privar de la vida a quienes sólo quieren ver un cambio.
Nombres y nombres brotan de las listas, nombres que, incluso, ya no son víctimas de la troglodita Ley del Garrote, de esa que se alimenta de la ira de una macana rompiendo huesos, moliendo carne, sino que ahora acuña balas que han teñido de rojo a nuestra patria.
Recordemos, por mencionar algunos episodios negros de nuestra historia a Cananea, Sonora en 1906; Chilpancingo, Guerrero en 1960; Tlatelolco, Ciudad de México en 1968; El Halconazo, Ciudad de México en 1971; Aguas Blancas, Guerrero en 1995; Acteal, Chiapas en 1997; San Fernando, Tamaulipas en 2010; Ayotzinapa, Guerrero en 2011; Tlatlaya, Estado de México en 2014; Ayotzinapa, Guerrero en 2014, esto sin contar todos los pequeños episodios donde miles de mexicanos han perdido la vida en manos del propio Estado.
Lo cierto es que estos asesinatos en masa quedaron impunes. No hay justicia y, quizá, no entiendo ni lo justifico, pero sólo quizá por eso los mexicanos prefieran no olvidar y seguir reclamando justicia, por eso las marchas siguen siendo un aliciente que los invita a mantener alertas ante la embestida de un Estado que pondera los derechos de otros por sobre los de sus mismos gobernados.
Quizá, creo, que por ello seguimos saliendo a las calles esperando que, en el fondo, aún existe un dejo de esperanza de que el clima de inseguridad que vive el país termine y entonces, sólo entonces, tendremos una patria a la cual cantarle.

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