Quién es Quién/El fenómeno de las encuestas/Noé Farrera Morales

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Antes, para saber quién o qué candidato tenía la preferencia del electorado se tomaban en cuenta otro tipo de cuestiones. Las encuestas que surgieron como un boom apenas el siglo pasado y que su finalidad era analizar si las estrategias implementadas eran las adecuadas, es decir, si lo que estaban haciendo era lo que se requería, hoy se han visto prostituidas por los mismos que se dicen periodistas y no son más que feisbuqueros que por un celularcito de moda y una transmisión en vivo se sienten ya con la autoridad moral para poder decir quién sí y quién no está en el ruedo.
Lo cierto es que todo lo que difunden es tan falso como sus inflados datos. Las encuestas ahora son de quien las paga y por eso no tienen credibilidad. Si éstas tuvieran el peso que le infieren los seudoperiodistas, entonces éstas serían definitorias, serían factor de incidencia en las elecciones. Se les olvida a nuestro feisbuqueros que las elecciones se ganan el día de las votaciones. Leer un poco de la historia de cómo se desarrollan los comicios les permitiría entender dos cosas fundamentales: primero, ninguna elección se parece a otra; segundo, la estructura, el candidato y el dinero son los que definen todo en las urnas.
Por eso ahora las encuestas están más que prostituidas. Son simple rumorología y lo único que hacen es ahondar más en la desinformación, es torcer más el rabo a lo que se viene dando y eso, señoras y señores, no abona en nada a la construcción del proceso democrático. Ahora resulta que el PRI en Chiapas es el partido más querido de todos y que los demás están más de 10 puntos porcentuales debajo de éste instituto político que mucho daño le ha causado a nuestra nación. El problema de todo esto es que las redes sociales son una enorme válvula de escape y en ella se refugian los rumores y la incertidumbre. De eso se aprovechan los disque asesores de los políticos para pagar a estos difundidores de rumores que juegan a ser pitonisas electoreras y propagan, como Caja de Pandora, lo que quieren sin el más mínimo decoro ni respeto por quienes sí amamos esta noble profesión del periodismo y que llevamos años en ella.
Las encuestas, pues, son uno de los peores males para los procesos electorales y sirven solamente para engañar ilusos. Pobres aquellos que creen ciegamente en ellas. La historia no miente y sin ir tan lejos hay tenemos a Andrés Manuel López Obrador, el líder moral de Morena, que en los dos procesos rumbo a la sucesión presidencial en los que ha participado, estaba a la cabeza de todo, siempre liderando las encuestas, siempre ponderándose como el chile de todos los moles, y los resultados fueron otros. ¿Qué le robaron las elecciones? Sí, eso lo sabemos perfectamente y eso nos enseña que las encuestas no sirven para nada. De lo contrario él se hubiese erigido como el absoluto ganador, pero no fue así porque las decisiones son cupulares nos guste o no.
Si usted se emociona con las encuestas está bien. Léalas. Consúltelas. Chéquelas. Pero no las difunda ni las tome como una verdad absoluta porque no existe tal verdad. Nada escrito hay hasta que usted, yo y los miles de chiapanecos salgamos a las urnas a depositar nuestro voto por quien nos sea más afín, por quien nos inspire al cambio, por quien creamos que es la persona idónea para poder transformar esta ciudad y este estado que se han visto saqueados descaradamente desde Sabines hasta hoy. Las encuestas, pienso yo, deberían ser reguladas y no por esas casas encuestadoras que se venden al mejor postor, sino por un organismo. Aunque ahora que lo pienso tampoco eso abonaría en nada porque los mismo institutos electorales se han prostituido y muestran un enorme descrédito en sus filas por parte de la ciudadanía que ha sido testigo de cómo se han prestado a los fraudes. Usted no me dejará mentir, estimado lector, con el robo del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) en los comicios 2015.
Triste es pues que las encuestas se hayan desvirtuado y que sean ahora simples globos inflados con mentiras y que en esas caigan muchos. Ni hablar. ¡Hasta mañana!

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