Quién es Quién/Las pifias de los dignos verdes/Noé Farrera Morales

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Ayer renunció Eduardo Ramírez Aguilar como presidente de la Junta de Coordinación Política (Jucopo) del Congreso local y como diputado local por el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) en Chiapas, lo cual es ilegal a todas luces por la forma en que redactó su documento que debió ser dirigido al presidente de la Mesa Directiva del Congreso local, el diputado Willy Ochoa, y asimismo turnada a la Comisión de Gobernación para su dictamen y que, posteriormente, fuese votada por el pleno. Me extraña que presumiéndose doctor, el legislador tucán se embarre sólo y se meta en una encrucijada legaloide que parece más un berrinche de niño al que se le cayó la paleta, que una postura congruente de un hombre que defiende sus derechos constitucionales. Porque su carta de renuncia está no sólo confusa sino mal hecha. Y no crea que es obra de la causalidad. Es como la renuncia que dijeron los verdes harían a las 11 de la mañana y que la jefa de prensa del Zanjaguar convocó.
Pero bueno, para entender a renuncia del chillón, digo, del diputado balín, por eso de que ni redactar un documento de valía sabe, es normal. A este muchachito emanado de la lucha del esfuerzo, emanado de la pobreza, acostumbrado a ser el negrito bailarín, el que era despreciado desde niño, y ahora, con todo el dineral que ha acumulado, puede hacer sus berrinches al grado que sus paleros en la prensa le difunden su rumores. Habría que explicarle que no puede renunciar. Que alguien le explique que el artículo 36 de la Constitución Política de México señala que los cargos de elección popular –aquellos obtenidos a través de comicios- son irrenunciables. Esto incluye al mismísimo Peña Nieto, a Manuel Velasco, y los diputados federales y locales, e incluso a los alcaldes.
La lógica es bien simple. No puede renunciarse al mandato del pueblo que se expresó en las urnas y que, en el caso de ERA, fue producto del mismo fraude que ellos crearon y que ahora los tiene casi fuera de la jugada por no entender que la política de aldea se debe a la que se hace en los cafés y restaurantes popis de la Ciudad de México. La ley es clara y la Carta Magna y las constituciones vigentes en cada estado señala que sólo la renuncia procede cuando es por una causa grave y debe ser avalada por el Congreso, es decir, por la Mesa Directiva que lidera el buen Willy Ochoa. Y no, amigo Zanja, ningún berrinche porque no te dieron la gubernatura es válido. No se valen las pataletas ni los arranques de llanto. En el centro del país no te quieren y punto.
Jamás el sargento Nuño va a perdonar que Eduardo Ramírez lo haya obligado, casi, porque así fue, a sentarse con la mesa negociadora de la Coordinadora Nacional de Trabajadores por la Educación. Nunca le van a perdonar el desplante al otrora líder del PRI nacional, César Camacho. Entre gitanos nunca se leen las cartas y eso, un político sin tablas, sin cuadros, no lo sabe. Y ahora, de nueva cuenta, Lalo Ramírez se ha equivocado. Su berrinche es claro y tiene ya metido en serios problemas al mismo gobernador Manuel Velasco que es quien terminará pagando las facturas que el ZanJaguar Negro. Desde siempre los gobernadores son palomeados desde el centro del país y es un error pensar que por un dedazo aldeano las costumbres se van a transformar. Desde siempre son imposiciones y desde siempre son al modo, gusto y compromiso de lo que se vive en el centro del país.
Si a Lalo eso no le queda claro, está mal; no lo justifico, pero es claro que su lectura no pasa allá de la de visión corta. No tiene lectura de cómo se dan las cosas en el centralismo, menos cuando el PRI tiene las cosas tomadas en el mando. Por eso es que el Frente requiere de un político como José Antonio Aguilar Bodegas, un hombre que conoce Chiapas y que sabe el lenguaje que desde el centro del todo se habla. No cabe duda que seguiremos siendo testigos de las barrabasadas de los políticos que, sin saberlo, nunca van a pasar de perico-perros. ¡Hasta mañana!

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