Quién es Quién/PRESIDENTE BLANCO, CORAZÓN NEGRO/Noé Farrera Morales

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Lo que a continuación vamos a escribir en estas líneas, es algo parecido a lo que estamos viviendo con el Presidente Electo Andrés Manuel López Obrador.

A pesar de las esperanzas y los buenos augurios que reinaban en el país por el nuevo cambio de régimen, lo cierto era que la puerca había torcido el rabo desde el 21 de mayo anterior, cuando se firmaron los tratados de Ciudad Juárez que pusieron fin a la revolución Maderista. En ellos, Madero cometió los dos primeros errores de una larga cadena que lo llevarían a su caída tiempo después: aceptó la presidencia interina de Francisco León de la Barra y permitió que el ejército federal, contra el que había combatido él y sus hombres, se encargara de la seguridad y el orden del país, mientras los revolucionarios estaban obligados a entregar las armas y regresar a sus hogares a continuar con su vida como si nada hubiera pasado.
En un país donde la ley era como una leyenda – todo habían oído hablar de ella, pero nadie había visto su aplicación – el respeto que mostraba Madero por la ley y las instituciones se convirtió en una bomba d tiempo. Aquel 7 de junio el jefe de la revolución triunfante pudo haber llegado a la capital y tomar el poder con la mano en la cintura y un argumento muy simple: “Yo derroté a Porfirio Díaz, yo soy el Presidente”. Nadie habría chistado, esa era la costumbre; todos los jefes y caudillos que durante el siglo XIX llegaron al poder a través de levantamientos armados, así lo hicieron.
Pero Madero era un demócrata por encima de todas las cosas y siguió el camino que marcaba la ley. Sólo ocuparía la presidencia si la ciudadanía así lo quería a través del voto.
Por eso, cuando llegó a la capital se dirigió a palacio nacional, pero no para llegar a sentarse en la silla presidencial, sino para mostrar sus respetos al presidente interino, Francisco León de la Barra, y ponerse a sus órdenes para trabajar por el restablecimiento de la paz.
De la Barra era más porfirista que don Porfirio, y si madero esperaba que el presidente interino actuara honorablemente, que se sumara con entusiasmo al programa revolucionario, que no privilegiaría los intereses de los viejos porfiristas y sólo mirara por el bien de la patria, estaba muy equivocado.
Lejos de facilitar la transición hacia el nuevo régimen, León de la Barra hizo todo lo que estuvo a su alcance para obstaculizarla. Su gobierno fue una extensión del porfiriato sin don Porfirio.
Desde u principio fue notorio que entre Madero y león de la Barrea existía un profundo antagonismo, no obstante que cuando se reunían se saludaban cordialmente, se abrazaban y sonreían para la foto verbo y gracia Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador.
Lejos de tratar de entender las demandas zapatistas, y mientras Madero se reunía con Zapata en Coautla para tratar de llegar a un entendimiento que beneficiaría a todos, de la barra envió a dos de sus generales más feroces y sanguinarios – Victoriano Huerta y Juvencio Robles – para aniquilar al caudillo sureño. Zapata responsabilizó al presidente de la represión y también a madero, al que considero traidor por lo que sobrevino la ruptura definitiva entre ambos caudillos.
Tras una exitosa gira electoral como candidato del Partido Institucional Progresista, Francisco I. Madero, obtuvo el triunfo en las elecciones, y el 6 de noviembre de 1911, con todo el dolor que podía invadir al presidente León de la Barra, a los viejos, muy viejos diputados y senadores porfiristas, la cámara declaró “Presidente Constitucional de los estados Unidos Mexicanos a don Francisco I. Madero”.
Cualquier parecido con la realidad que estamos viviendo es mera coincidencia.

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